En Defensa de la Bibliografía

Como ya he dicho otras veces, tengo una relación complicada con las críticas—o, quizás sea más exacto, con las opiniones que difieren de mi modo de ver las cosas.

Hace poco me llamaron la atención al hecho de que mis constantes anotaciones y notas a pie de página (o a final de documento) pueden ser interpretadas como orgullo o soberbia intelectual. Quizás pueda dar la impresión de que estoy pavoneándome de lo que he leído, que se trata de un despliegue de chulería por mi parte, ya sea consciente o inconsciente.

Jamás se me había ocurrido pensar en una bibliografía como mecanismo de exhibicionismo sabelotodil.

Bueno, no. Miento.

Sí he tenido tentaciones de añadir referencias a mansalva (sí, más; hubiese podido), y me ha sabido mal no incluir muchos de los artículos consultados que, aun siendo muy interesantes, no venían a cuento. Pero al final la integridad (¿?) intelectual ha vencido, y he anotado solamente las cosas que realmente me han parecido relevantes para el texto principal.

No niego que soy orgullosa. Y, aunque no me veo reflejada en esa palabra, no niego que pueda tener un punto de soberbia en ciertos contextos y con algunas personas, sobre todo cuando hay confianza (porque, ya lo dicen, entonces da asco…).

Sin embargo, creo que la bibliografía tiene poco que ver, o debería tener poco que ver, con el orgullo intelectual del investigador/escritor. No es un alarde. No es un presumir por presumir.

Es un ejercicio de honestidad intelectual.

Por encima de todas las cosas, es un ejercicio de trazabilidad, que entronca a su vez con la veracidad de las afirmaciones que uno declara como ciertas.

Uy, uy.

La verdad.

¿Qué es la verdad?

Hace milenios que le damos vueltas a esta pregunta, desde todos los ángulos que hemos inventado los humanos. ¿Es “la verdad” algo único y monolítico? ¿Es algo a lo que llegamos muchos por acuerdo? ¿Es independiente de los ojos que la miran, o está irremediablemente ligada a los humanos, que son los únicos seres que parecen estar remotamente interesados en ella(s?) como problema filosófico?

Disquisiciones filosóficas y/o religiosas aparte, lo cierto es que “la verdad” no es una propiedad que nos preocupe de igual modo en cualquier ámbito de nuestra vida. Nos importa un pimiento que las historias de ficción no sean verdad; no necesitamos saber la verdad sobre cómo se produce el queso de oveja para decidir qué marca de queso manchego vamos a comprar en el supermercado.

La idea de tener que saber “la verdad” sobre todo lo que nos rodea es estresante, y seguramente también imposible: si nos ponemos a indagar sobre los ingredientes de las cremas solares y sus efectos, sobre los principios éticos de tal o cual multinacional farmacéutica, sobre el impacto ambiental de los transgénicos, o del algodón, o… si tuviésemos que saberlo todo, estar seguros de todo, no tendríamos tiempo para absolutamente nada más que para una investigación constante, agobiante, infinita. Y no decidiríamos nunca nada.

Ergo, no haríamos nada.

Está claro que no podemos funcionar así—o, al menos, no siempre.

En el mundo cotidiano, en el mundo empresarial no podemos permitirnos invertir tanto tiempo en recopilaciones interminables en pos de “la verdad”, para poder tomar una decisión. En según qué contextos, y a sabiendas de que lo ideal sería conocer la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, hay que reconocer que lo óptimo es enemigo de lo bueno, y que no vale la pena perder mucho tiempo verificando cada detalle—porque no son relevantes para el objetivo fundamental de, pongamos por ejemplo, la empresa.

Pero un libro no es una empresa.

Sobre todo, un libro de divulgación no es una empresa, y su objetivo es completamente distinto.

Pero dejadme que especifique claramente qué objetivos tienen mis escritos divulgativos.

1. Ser lo más fiel a los hechos que pueda, por una cuestión de honestidad intelectual.

Si escribo ficción, todo aquel que coge mi novela sabe que entre tapas la verdad no está garantizada. Si escribo no ficción, y me presento como divulgadora de cosas verdaderas, estoy adquiriendo un compromiso con esta verdad.

Si expreso una opinión mía, tengo que especificarlo. Si estoy transcribiendo la opinión de otra persona, tengo que especificarlo. Y el mérito corresponde mayormente a quien ha formulado la hipótesis, demostrado su veracidad, y comunicado sus resultados por primera vez. Si esa persona no soy yo, tengo que aclararlo, porque no está bien que nadie me atribuya méritos inmerecidos.

2. Ser capaz de averiguar de dónde viene cada uno de mis trocitos de información, asegurarme su trazabilidad.

¿Por qué?

Porque no todo el mundo nos merece el mismo grado de confianza. Porque una cosa es que el zapatero te suelte que deberías tomar un medicamento para las úlceras de estómago, y otra que sea un médico especialista quien te lo recomiende, con los resultados de tus pruebas clínicas en la mano.

Porque no cuesta nada afirmar que el roble era el árbol sagrado de los druidas, o que las especias se añadían a la carne para disimular el mal sabor de los alimentos pasados. Todos podemos hacerlo, y quedarnos tan contentos.

Es sólo al ir a escarbar y ver de dónde ha salido cada afirmación, y sobre qué pruebas se basa cada una de ellas, cuando vemos que “verdades” como el porqué se añadían especias a los alimentos, nacieron como hipótesis. A veces descubrimos que no hay pruebas que demuestren “verdades” de las que muchos estamos convencidos; a ser “verdad” se puede llegar, por ejemplo, a base de repetir una y otra vez afirmaciones que, a cada repetición, van adquiriendo la fama de ser ciertas, “porque todo el mundo lo dice”.

Y muchas veces, los investigadores *, por pereza o por orgullo, afirman categóricamente cosas que deberían entrecomillar o, cuando menos, matizar un poco, y contener sus ansias dogmáticas. Porque no estamos seguros de que los griegos tomasen brebajes alucinógenos en sus cultos religiosos, ni de que Pitágoras prohibiese comer habas porque padeciese de favismo, ni de tantas otras hipótesis, más o menos plausibles, que tantas veces se dan por ciertas sin un ápice de sentido crítico.

Si no fuésemos a escarbar, aún nos creeríamos que la lana nace de ovejas vegetales.

Una bibliografía bien hecha tiene que salvarnos de todo esto.

Una bibliografía bien hecha tiene que ponernos en nuestro sitio como investigadores y divulgadores. Tiene que dar más o menos peso a cada trozo de información que transmitimos. A través de nuestra bibliografía, rendimos cuentas de nuestra honestidad intelectual.

No le pedimos a nadie que se fíe de nosotros, porque sí. Estamos dándole una bibliografía, un instrumento que le permita ver por sí mismo si tiene que fiarse de lo que decimos, o no.

¿Que a tropecient*s lector*s les importa un soberbio pimiento de dónde ha salido cada trozo de información, y que se lo van a creer a pies juntillas sin consultar jamás la bibliografía?

Pues estupendo, muchas gracias a todos por el voto de confianza.

Pero si tengo dos lector*s que quieren hacerme pasar por el aro, o necesitan verificar la información para emplearla en otro trabajo, o quieren profundizar en alguno de los temas porque les ha despertado la curiosidad, en mi opinión tienen derecho a poder hacerlo.

Yo no voy a obligar a nadie a leer mi bibliografía, pobres. Pero yo estoy obligada, por integridad intelectual, a rendir cuentas de mis palabras.

Y me frustra muchísimo encontrar libros estupendos, con información interesantísima que hubiese querido emplear, pero que no sé de dónde sale, porque nadie se ha preocupado de incluir y referenciar sus fuentes.

Es posible que, para quien no ha elaborado nunca una bibliografía, le parezca que es poca cosa, cuestión de coser y cantar. Desde mi experiencia, dejad que os diga que nada más lejos de la realidad.

Una bibliografía significa mucho trabajo.

Mucho. Pero que mucho. Mucho. Trabajo.

Significa horas, días enteros verificando cada pedacito de información. Significa frustración. Significa que, tras haber invertido ocho horas o más de tu tiempo, el resultado obtenido se concreta en ocho líneas de texto pequeñito, que poca gente leerá jamás.

Ocho líneas. Literalmente.

Elaborar una bibliografía bien, verificando cada cosa, es una labor que, en mi opinión, no se completa por orgullo, sino todo lo contrario: por una cuestión de humildad intelectual, y de compromiso con la trazabilidad y la veracidad de lo que se divulga.

Sin ese compromiso, dudo que puedan afrontarse los niveles de frustración y exasperación absoluta que nos asaltan mientras listamos fuentes, comprobamos formatos, cazamos referencias.

Una bibliografía bien hecha no es una herramienta de pavoneo.

Para mí, es una declaración de su autor*, que te está diciendo: sin mis fuentes, sin mi bibliografía, no soy nada.

*No me refiero sólo a los investigadores “principales” que elaboran las hipótesis, sino a también a los divulgadores, periodistas, y demás eslabones en la cadena de transmisión de la información. ^

¿Te ha gustado?

Entonces me complace compartir contigo mis notas bibliográficas sobre La Invención del Reino Vegetal.

También puedes seguir mis pesquisas sobre nuestra relación con los vegetales en el blog (Imaginando Vegetales).

Y si quieres consultar algunas de las fuentes electrónicas que suelo manejar, puedes ver mi lista de Recursos electrónicos.

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