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En el blog

Cómo teñirse el pelo con alheña (henna): elogio a la Lawsonia


Empecemos con una aclaración:

en español, la palabra henna (ni jena, ay, por favor) no tiene sentido.

No, no, y no.

Es ALHEÑA.

Palabra de origen árabe que proviene de al-ḥinnā; ḥinnā designa a la planta Lawsonia inermis L., y de ahí se adapta al inglés como henna.

Pero nosotros ya lo adaptamos hace muchos siglos, leñe. Por eso reivindico con gran énfasis y convencimiento la preciosa palabra alheña, que incorporamos a nuestro léxico mucho antes de que los angloparlantes la conociesen.

No hay diferencia de vocabulario para planta, hojas en polvo, pasta de alheña. La henna no sale de la alheña, ES alheña.

He dicho.

Bien, ahora ya puedo empezar a cantar las maravillas de este tinte natural que adoro (estás avisad*. No soy imparcial).

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Alheña & las barbas del filósofo


Nacer mujer en Egipto cincuenta años atrás habría marcado tus días… y tus noches.

Una en particular habría quedado grabada en tu memoria, una noche mágica con nombre propio: Laylat al-hinna, una velada de poesía y belleza durante la cual las mujeres de tu familia y círculo de amistades habrían entretejido un escudo contra el mal de ojo sobre tu piel.

La aurora hubiese hallado tus pies y manos cubiertos con una hermosa red de diseños dignos del más fino brocado, a menudo tan densos que uno podría confundirlos con un par de guantes o unos calcetines tricotados de color rojo teja.

Estos trazos protectores habrían sido tus acompañantes al cruzar el linde del matrimonio, y te habrían delatado como novia recién casada durante semanas, antes de desvanecerse lentamente.

Las responsables del color bordado en tu piel habrían sido las hojas machacadas de una planta bendecida con el extraño poder de dejar una marca, permanente a la vez que temporal, sobre pelo, uñas y piel: la alheña (Lawsonia inermis L.).

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