La Invención del Reino Vegetal

Historias sobre plantas y la inteligencia humana

Errores

Errar es humano.

Y cagarse en uno mismo en el instante posterior al error, más aún.

Siguen los intentos desesperados por cavar un hoyo en algún rincón (complicado en la jungla de asfalto), o encogernos al límite de nuestras articulaciones para hacernos chiquitos. El objetivo es pasar desapercibidos.

“¿Que si soy yo esa de…? No, no por Dios, claro que no. Me han contratado como perchero. Sí, percheros humanos, se llevan mucho últimamente; de hecho, permítame su abrigo…”

En función de la gravedad y magnitud del error, se contemplan vías de acción entre los extremos de "soberbia borrachera", y "suicidio". Ese famoso Me quiero morir ya, por favor.

 

Claro que la gravedad y magnitud cambian un poco según la persona. Imagino que, para una hipotética modelo con complejo de madrastra de Blancanieves, decidir salir sin maquillar a comprar cigarrillos y que te vean, es un error muy grave; para quien se las da de experto conocedor de vinos, confundir un caldo de garrafón con un Gran Reserva de tropecientos euros la botella, será una herida imborrable en su autoestima.

Todos tenemos alguna esfera de nuestra vida en la que no queremos equivocarnos, en la que un fallo nos hace sentir especialmente vulnerables. Algo en lo que desearíamos ser perfectos.

(Al menos, espero que todos la tengan, y no sea yo la única rara por aquí…)

Podrás equivocarte en muchas otras cosas, pero en ese campo concreto, odias el error. Comerías chinchetas, accederías a una sesión de acupuntura con clavos, antes que cometer un fallo en esa esfera de tu vida. Y si es un error público, muy público, ni te cuento… Consentirías a eso de los clavos, incluso oxidados.

Pero la dura realidad aguarda tras la sesión de acupuntura, y los clavos no sirven de nada.

Resulta que no siempre tengo razón.

A ver, racionalmente es evidente que no siempre la tengo, que tan estúpidamente orgullosa no soy (… a veces tengo tentaciones, pero no, intento mantener el Anillo de poder lejos de mis dedos).

Pero cuando, tras haberte informado lo mejor que has sabido sobre una cuestión, has saltado al escenario y has declarado públicamente que esto es así; y no contenta con ello, has cogido un fosforito y lo has subrayado, sacándolo a colación varias veces…

... lo más humillante que puede pasarte es que alguien levante la mano, y te lo desmonte todo. Morder el polvo, intelectualmente hablando, y tener que admitir que, incluso cuando estás seguro de que sí, resulta... pues eso, que no siempre tienes razón.

Esta es una de las lecciones más difíciles que he aprendido —o, mejor dicho, sigo aprendiendo. Y aborreciendo cada milisegundo de aprendizaje, dicho sea de paso.

Bien, también es cierto que no todos los errores son iguales.

Por ejemplo, durante la redacción de La Invención del Reino Vegetal, pasaron por mis manos más de 140 libros, y casi 1000 artículos científicos. No soy experta en ninguno de los temas que tocaban, por lo que, si tenían errores, algunos podía cazarlos, pero seguro que hay muchos otros totalmente indetectables a mis ojos.

Si cometo un fallo al transmitir un dato equivocado, pero cuya veracidad me era imposible contrastar, entonces, vale; no se me caen los anillos por admitirlo. Posiblemente porque puedo echar mano del instinto adámico del “No fue culpa mía, fue ese otro que me lo dijo mal.”: no te sacará del atolladero en caso de frutas prohibidas por mandato divino en el Edén, pero en nuestro mundo funciona bastante bien. Aguantas el tipo.

A estos fallos los llamaré errores eruditos, esos que puedes justificar parapetada tras una muralla de fuentes bibliográficas a las que echarles la culpa.

Pero luego están los fallos estúpidos. Que son los que te hacen sentir, pues eso, como una estúpida.

Porque tenías las herramientas mentales para evitarlos, pero has metido la pata igual. Y si los cometes en un momento de huelga de sentido común, o mientras tu espíritu crítico volvía de vacaciones, pase. Pero si encima los has machacado, y has suspendido reiteradamente tu instinto de duda y escepticismo para terminar repitiendo una jilipollez… y si encima has eliminado toda posibilidad de decir “ah, no, es que lo escribí mal y nadie se dio cuenta”

No. Te equivocaste, y luego le diste con un martillo, para hacerlo aún más evidente si cabe. O le dedicaste una nota al pie de página.

Ay, dolor; ay, ansias suicidas.

Porque no quieres ser la clase de persona que hacen ese tipo de meteduras de pata; de las que escriben en problemas de examen de física que el avión tardará 326,45 horas en despegar, y se quedan tan anchas. Y luego, va y resulta que, horror, estás justo ahí, en ese equipo al que no querías pertenecer.

Cuanto cometes el error, no pasa nada; te quedas tan pancho, sin prestarle mucha atención. El problema viene cuando te das cuenta. Es entonces cuando una parte de ti considera si conviene llamar a la editorial para saber quién ha comprado el libro, que voy a recuperarlos todos y hacer una hoguera a lo Savonarola con ellos. Una parte de ti le grita a tu madre cuando empieza a hacerte propaganda bienintencionada a alguien que encontramos por la calle. ¡Que no lo compre! ¡Es un desastre, no vale nada!

(¿Exagerada? Quizás, pero los sentimientos pocas veces son comedidos, o correctos.)

Y la vergüenza —pero esa que los ingleses llaman shame, que como una termita se pone a roer el sentido de tu valía como escrito(i)nvestigadora—, es peligrosa.

Porque puede enquistarse, y paralizarte para no escribir nunca más. Es como darle a tu crítico interior dos toneladas de esteroides. Y si no consigue ahogar tu impulso hacia la pluma, al menos se asegurará de que no intentes publicar nada más, convenciéndote de que no vales para esto. Consideras seriamente si tu vocación no era esa del perchero.

Y eso es malo. Si fuese un perro, me daría con un periódico en el morro. Aina, mala. Eso no lleva a ningún lado. (O sí, pero los abrigos son aburridos).

Entonces toca tragarse la amarga realidad de un sorbo, y admitir públicamente que has escrito una estupidez. Y hacerlo con filosofía, porque al fin y al cabo, tener momentos de estupidez (… incluso repetida) es tan humano como equivocarse. Lo importante es asumir nuestras propias jilipolleces con toda la elegancia de que seamos capaces, recurriendo al humor y a la humildad que debería aprender de estos episodios.

(Que dicen son fantásticos para el crecimiento personal, pero a los que renuncio muy gustosa en el futuro).

Así que, sin más preámbulos (… “bieeen!”), con todos uds., Los Fallos (estúpidos y eruditos) que he detectado por ahora en La Invención del Reino Vegetal (Ariel, 2015).

Lista de Errores

 

Continuará (mal que me pese, ay)...

Si has detectado alguna cagada o fallo en La Invención del Reino Vegetal, ¿me la cuentas? Así corrijo, y aviso...


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